miércoles, 8 de junio de 2011

Vocación para la tristeza

Había sido una tarde especialmente calurosa en la ciudad, la temperatura había llegado cerca de los cuarenta grados en algunas zonas del área conurbada. En la calle se sentía una incomodidad general que provocaba el profundo calor que parecía iniciar en los huesos y salir del cuerpo para reflejarse en las planchas de asfalto que, a su vez, lo devolvían con intensidad. Las personas que no usaban lentes oscuros cerraban los ojos para dejar entrar la menor cantidad de luz posible, que a esa hora del día resultaba cansada y muy molesta.


Habían pasado ya varias horas del medio día, había soportado en la calle las peores horas del sol, y regresaba a casa cerca de las seis de la tarde. Llegué a casa, comí algo fresco rápidamente, y me acosté en la cama con otra ropa buscando el lugar más frío del departamento. Cogí un libro de Camus, leí sobre los últimos párrafos que había leído la última vez. Luego de una hora comencé a sentir sueño, una especie de sopor que se juntaba con la calidez del viento que entraba por mi ventana. Sabía que dormir a esa hora solamente me haría sentir más incómoda, seguramente despertaría sudada, y eso me provocaría mal humor y pereza durante el resto del día. Sin embargo, el sopor y la calidez me pesaban, me hacían mover la cabeza de un lado a otro buscando distraerme o voltear de vez en cuando a ver el movimiento de la cortina, provocaban que mis párpados se entrecerraran para después volverlos a abrir con sorpresa y bostezar finalmente. Cinco minutos después, había dejado la novela a un lado, y buscaba la mejor forma de usar la almohada. Estaba todavía pensando que me despertaría de mal humor, cuando por alguna razón recordé al religioso.


Fue un recuerdo sumamente extraño a la situación. Lo recordé primero físicamente, su apariencia raquítica, su cara de niño enfermizo, a pesar de que tenía más de treinta años, sus manos huesudas, su cuerpo magro cubierto generalmente por ropa holgada. Siempre llevó el cabello desaliñado y largo, y cuando lo soltaba, uno recordaba dios sabe qué imagen de Cristo con el cabello negro, la faz pálida y la expresión de una profunda tristeza. Recordé enseguida algunos aspectos de su carácter, el hombre me parecía pedante, hacía comentarios irónicos que parecía disfrutar, y era misántropo. Tratando con él, algunas veces me parecía que luego de haber pasado diez años de su vida recluido en el orfanato, tenía dificultad para convivir con otros que nunca tuvieron la disciplina o las limitaciones que él; observaba que algunas conversaciones las consideraba totalmente sin sentido y que, con el paso del tiempo, la única forma que había encontrado para relacionarse con otros sin ser rechazado fue volviéndose un simple, hacía chistes crueles, sus comentarios eran infantiles, rechazaba comentar cualquier conversación que tuviera mínimas implicaciones sexuales o se ensañaba con aquellos que comentaban al respecto, y se negaba rotundamente a sentirse atraído románticamente hacia otros.


Fue el tercer aspecto que recordé, sin embargo, lo que capturó los últimos minutos de lucidez antes de caer completamente dormida. Una vez había contado, de manera muy breve, la ocasión en la que un huérfano con cáncer al que había estado cuidando los últimos años de su vida con dedicación, finalmente murió en sus brazos. Cuando lo contó no se notó tristeza, más bien lo contaba como alguno cuenta un deber llevado a buen fin, talvez con un sutil dejo de condescendencia por el niño o quizá por él mismo. Acostada, lo imaginé solo con el muchacho en brazos, desesperado ante la muerte, y con deseos de irse con él para no dejarlo abandonado. La reticencia a la desolación, la lucha contra la atracción obsesiva de la soledad, la negación de la individualidad. No había sorpresa en el hecho de que en los últimos minutos de mi conciencia había proyectado sobre él y sobre el muchacho el dolor que sentía por estar a punto de desdoblarme. El religioso dejó de serlo porque no fue obediente. Me dormí. Cuando desperté no sentía calor, comenzaba a llover.

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