lunes, 12 de marzo de 2012

El pisoteo del último ápice de libertad que queda...

jueves, 12 de enero de 2012

Joseph Roth

Comentario sobre Fuga sin fin de Joseph Roth

Con sorpresa agradable encontré la primera novela que he leído de Joseph Roth, nacido en el Imperio Austro-Húngaro, en Brody (ahora Ucrania) en 1894, exiliado en París desde 1933 hasta su muerte, ocurrida en 1939.

La corta novela, la edición de Acantilado tiene 166 páginas, es la historia de un oficial burgués de origen austríaco capturado por los rusos en la Primera Guerra Mundial, y rechazado por su país cuando logra escapar. Entregado nuevamente a los rusos por Austria, éstos lo reciben como suyo, con quienes comparte la revolución. Regresa nuevamente a su patria con la esperanza de buscar a la que había sido su prometida antes de irse a la guerra.

Es una historia de un hombre que por azar se vuelve rojo y lucha a favor de la revolución rusa sin compartir la convicción marxista porque no puede abandonar su ideología burguesa; pero que, al regresar a Europa, encuentra que poco entiende a la sociedad de la que Rusia buscaba separarse. El hombre vive como extranjero en Rusia, y se vuelve apátrida al regresar con su familia; condición que Roth largamente reflexionó a lo largo de su obra, según leí en algunas biografías disponibles en línea.

Una cualidad asociada que me parece interesante de la novela es que pareciera como si el oficial, a la mitad del camino hacia el socialismo, comentara sobre el argumento de La montaña mágica, cuando comenta impresiones sobre la sociedad que encuentra, un burgués desteñido que se aparece como honesto ante su hermano y amigos.

Una buena novela sobre el desasosiego de la Europa en guerra.

miércoles, 4 de enero de 2012

¿Qué es amar si no desgastarse de a poco? Un limarse en flujo continuo y sutil de lo que resta a uno de libertad e integridad... como si tremenda palabra existiese viendo el espejo caerse a pedazos porque no puede soportar reflejar la profunda tristeza del ser que busca encontrarse frente a sí.

viernes, 23 de diciembre de 2011

¿Qué es una pérdida de algo que nunca se tuvo? ¿Qué sensación en las entrañas de dejar ir algo que nunca estuvo? Eso y otras preguntas rumio, como rumio recuerdos varios, a la orilla de la azotea desde la que veo la ciudad. Esa ciudad sobre la que parece expandirse el silencio torpe que surge de mi pecho y de mi voz tartamudeante. Porque, a pesar de lo digan, la ciudad es un ente vivo que contiene, como jarro de mezcal, las vidas de los que habitan en ella : los vicios, los gritos, las vendimias, los besos y los fluídos ordeñados en extrañas noches ajenas; pero también las miradas, las conversaciones difíciles, las lágrimas anónimas tiradas por la calle con vocación de huellas.

Pienso que si fuera posible hacer una radiografía del piso de la ciudad, sería posible ver una cama larga y fina de ese jugo humano, de ese pedazo de mar que nos introducen al nacimiento reservado para expresar la tristeza. ¡Cómo si no hubiera otra forma de expresarse más que derritirse por los ojos! Sería una cama larga y fina de nuevas y antiguas lágrimas tiradas anónimamente, que esa ciudad seca y marchita reclama para sí en intento ¿exitoso? de conservar algo de vida y calidez.

Y este asunto de llorar es como si uno se diluyera, como si con el paso del tiempo, y con flujo continuo de ese jugo incoloro, la carne se desgajara para volverse agua salada, y de a poco uno fuera haciéndose menos hasta no quedar nada más. La existencia deshecha en mar, podríamos decir. Continúo viendo la ciudad desde la azotea en la que me encuentro, dejando salir un poco de mar de mí para ofrendarlo a la ciudad seca que lo reclama.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Fantasmas

Corría el año en el que te conocí (porque en mi caso el tiempo es Antes de Ti y Después de Ti), habíamos vivido ya los primeros días de viento fresco y yo, junto con la gente, comenzaba a fantasear gratamente con los días de invierno. Había decidido ese día ir a una plaza comercial para buscar el doble libro del vizconde que me ayudaría a recuperar la cordura y, luego de recibir ayuda de una joven distraída, salí con el libro bajo el brazo. Iba de regreso hacia la avenida plagada de monstruos de metal que chillaban en cacofonía angustiada, cuando pasé al lado de un café donde hacían buenas baguettes y un café aceptable. Entré disfrutando ya desde ese momento la silla del rincón que me permitiría silencio y soledad para sumergir en el café las primeras impresiones del libro que traía conmigo. Me acerqué a la barra, pedí y pagué café y algo ralo de comer para no despertar sospechas. Con plato y taza en mano (el libro siempre cálidamente en mi sobaco), pasé por entre las mesas del lugar hasta encontrar aquella silla que me saboreaba desde la entrada. Casi aventé los objetos sobre la mesa para desocupar mis manos, y en entusiasta movimiento caí sobre la silla y rompí rápidamente la delgada envoltura que me había privado de hojear el libro en la tienda. Puse a un lado la envoltura rota, tomé un sorbo de aquél otro oro negro, y me dispuse a leer.


Estaba en la veintena de páginas, cuando la luz artificial del lugar dibujó sobre mi mesa la figura de una persona, levanté la vista y con sorpresa me encontré frente a un hombre de mediana edad, complexión y color de piel medios, con cabello cano y algo de barba plateada. Sus ojillos eran inquietos pero parecían dejar pasar de a ratos, una expresión de tristeza. El encuentro que, ahora que lo veo hacia atrás, ahora que lo recuerdo digo, fue extraño por decirlo de alguna manera, se desenvolvió de la siguiente forma:


El hombre se sentó sin siquiera preguntarme si me importunaba (no pude largarlo porque el hombre tenía a su favor mi debilidad para comunicarme), y comenzó con una diatraba que aparentemente poco sentido tenía en un principio. El hombre se describió como un ser de única categoría, un “diferente”, así lo dijo, que no implicaba necesariamente nula similitud con los otros (creo recordar que el hombre dijo “el resto”). El hombre dijo que a diferencia del resto, él no se desdoblaba, que era único y sólo en el mundo. Que era de oficio perseguidor y de ratos libres fantasma, pero que no se dedicaba a asustar, es decir, que no formaba parte él de la casta de aquéllos que habían sido caricaturizados para placer de los niños (“¿Por qué qué otra cosa es el miedo sino placer por lo desconocido?”). Que él era más bien de los perseguidores acuciantes cuyo objetivo último está en hacer perder la cabeza al perseguido, hacerlo caer en trampas elegantemente escondidas detrás de retruécanos del lenguaje e imágenes cubiertas de neblina.


Sobra decir que el discurso del hombre me había atrapado, sus palabras me atraían como si leyera una novela de intrigas. Estaba yo ahora con mi cuerpo echado hacia atrás, con la mirada fijamente puesta en el hombre, y haciéndome preguntas sobre el origen y la identidad del sujeto, sobre su cordura, sobre sus motivaciones para hablarme, y de sus intenciones hacia mí. Miré a mi alrededor sólo para asegurarme que seguía en el mismo lugar al que había entrado. El bullicio seguía siendo el mismo, pocas mesas ocupadas, un par de adolescentes en la esquina contraria, un grupo de señoras con sendas tazas de café frente a ellas, y en ese rincón, yo y el hombre, en monólogo con poca lógica.


El hombre siguió describiéndose, se dijo atemporal y ubicuo, “¿Se cree usted Dios? Usted está loco”, lo interrumpí. “No, claro que no”, respondió, “yo existo, aquí estoy frente a ti, ¿o puedes negarlo?”. No pude: allí estaba él ocupando un espacio y un tiempo como yo y las señoras y los adolescentes, y los empleados, y las mesas y las sillas. Insistió en su atemporalidad y ubicuidad sin embargo. Pregunté que si estaba en ese lugar frente a mí no podía estar en otro, digamos con su mujer en su casa, ¿cómo podía estar convencido de su cualidad de ubicuo? “¿Cómo sabes tú que no estoy con ella? ¿Estás tú también allá?”, fue lo que recibí como respuesta. Pregunté entonces por sus canas, “¿no son un signo de tiempo?”. “No, las canas son un atributo que otros me asignan, podría no tenerlas” dijo, y enseguida se las quitó. Apareció el hombre ante mí igual que antes, pero sin barbas, sin mayor consecuencia, pero ya sin ellas. Empecé a dudar de quedarme, volté hacia el resto de la gente tratando de buscar una mirada cómplice, y al mismo tiempo tratando de ocultar la angustia que sentía, “¿soy yo la que está loca?”, quise gritar. Me contuve. Volví a mirarlo. El hombre sonreía con mueca tranquila y podría decir también paternalista. Se levantó, tuve temor, caminó hacia mí los pocos pasos que distaban entre nosotros, y se sentó en la silla donde estaba sentada, ocupando el mismo espacio que yo ocupaba, sentándose en la misma posición que yo tenía. El hombre hizo coincidir sus piernas con las mías, su espalda con la mía, sus hombros y cabeza con los míos, su mirada con la mía. Frente a mí quedó una silla vacía, el libro que leía estaba sobre la mesa abierto en alguna página en la veintena. El bullicio del lugar continuaba, nada había cambiado alrededor.


Salí con libro bajo el brazo, con fantasma de oficio perseguidor conmigo. Traté de esconder el deseo de arrancarme de un jalón los cabellos sólo por guardar las apariencias.

domingo, 26 de junio de 2011

Ninfa

Lloro tu muerte cuando pienso en la acabada posibilidad de tenerte. Sufro tu ausencia cuando olvido que pensé en ti cuando dejé de verte; cuando me doy cuenta que pienso en ti como un procedimiento médico. Tu existencia significó la consciencia de la creación de la vida, y al mismo tiempo, la posibilidad de destruirla; tu existencia me aliena: no me pienso dios, pero sí un ser con otra constitución… con otra naturaleza. Bajo mis pies nacen nuevas plantas, verdes retoños de árboles, pero el río se ha quedado estático. Hoy el bosque es abrumadoramente silencioso, y la fuerte lluvia reduce mi vista. Hoy es día de Albinoni y de café sin azúcar.

martes, 21 de junio de 2011

Extracto de Kertész

EXTRACTO DE LA NOVELA KADDISH POR EL HIJO NO NACIDO DE IMRE KERTÉSZ

“¡No!”, enseguida, en el acto, sin titubear y de manera como quien dice instintiva, sí, todavía instintiva, por el momento sólo instintiva, aunque fuera con instintos que trabajan contra mis instintos naturales, pero que ya se convierten – se convirtieron – en mis instintos naturales y, más aún, en mi propia naturaleza; este “no” no era pues una decisión en el sentido de tomar una decisión libre entre un “sí” y un “no”, no, este “no” era una reconocimiento, no una decisión que yo tomaba o podía tomar, sino una decisión respecto a mí, que de hecho no era una decisión, sino el reconocimiento de mi condena, y a lo sumo sólo puede considerarse una decisión en tanto que no decidí contra la decisión, lo cual sin duda habría supuesto una decisión errónea porque cómo puede el hombre decidir contra su destino, para usar este término tan pedante por el cual entendemos aquello que menos entendemos, o sea, a nosotros mismos, es decir, el factor pérfido y desconocido que no cesa de trabajar contra nosotros y al que nosotros, ajenos y enajenados, inclinándonos ante su poder con una sensación de repugnancia, por así decirlo, simplemente denominamos nuestro destino.  Y si no quiero ver mi vida sólo como una sucesión de azares arbitrarios posteriores al azar arbitrario de mi nacimiento – lo cual sería, cómo expresarlo, una visión bastante indigna de la vida –, sino más bien como una serie de conocimientos en los cuales mi orgullo, al menos mi orgullo, encuentra cierta satisfacción, la pregunta que se perfiló en presencia y, hasta podría afirmar, con la asistencia del doctor Obláth: mi existencia vista como posibilidad de tu ser, se modificó de la siguiente manera a la luz de la serie de conocimientos y a la sombra del tiempo que pasaba: tu no-existencia como liquidación radical y necesaria de mi existencia.  Porque sólo así adquiere sentido todo cuanto ocurrió, cuanto hice y cuanto me hicieron, sólo así tiene sentido mi vida absurda y también el hecho de proseguir aquello que empecé, o sea, vivir y escribir, lo uno o lo otro, ambas cosas a la vez, porque el bolígrafo es mi pala, cuando miro adelante miro única y exclusivamente atrás, cuando me concentro en el papel, miro única y exclusivamente el pasado: y atravesó una alfombra de color azul verdoso como si fuese el mar (…)