Estaba parada en algún crucero del centro de la ciudad en fin de semana esperando la luz verde para poder pasar al otro lado de la acera. Ambos lados de la calle estaban atestados de gente que aprovechaba ese día para salir con la familia, hacer compras o no hacer otra cosa más que estar allí. El calor era sofocante en ese periodo del año, y dada la hora del día, el sol caía directo sobre los poros de mis brazos, recorriendo cada milímetro de la piel y quemándola en el trayecto.
En algún momento, mientras esperaba, me percaté del hombre que quedaba justo frente a mí del otro lado de la acera. Era un hombre más grande que el promedio, piel oscura, cabello lacio pegado a su cráneo con alguna crema, y unos enormes ojos que resaltaban sobre el fondo oscuro de su piel.
Los autos pasaban frente a mí, y conforme pasaban, perdía de vista al hombre, luego volvía a aparecer frente a mí con una mirada o postura diferente. El hombre iba mostrándome un relato de sí mismo conforme lo observaba al otro lado de la calle. Me hablaba de su seguridad y de su impaciencia a la espera, me decía sobre la continuidad de su camino por la ciudad, sobre sus preguntas sobre los de alrededor, y sobre su inquietud de mi mirada.
Cruzamos en verde, y estuvimos a punto de tropezar. Él siguió su camino, yo continúo su relato en este texto.
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