Había estado distraída desde que abrió los ojos ese día. Despertó con una sensación de distracción que la abrazó con intensidad mientras sentía el agua caliente recorrer su piel mientras estaba en la regadera, la misma distracción que su madre le reprochó mientras se preparaba el desayuno. No puso mucha atención realmente a lo que le pasaba, ni a lo que su madre le decía, más bien se dejó llevar por la distracción que la envolvía.
Había salido de casa para recorrer el mismo camino de siempre hasta la parada del camión, con una bolsa voluminosa por la cantidad de libros con que la llenaba, además de cuadernos y otros objetos que siempre aventaba a su bolsa porque pensaba que talvez le serían útiles; había visto los mismos locales abiertos que siempre veía abiertos, incluso parecía que veía la misma gente caminando en la calle. Quizá fuera así, nunca realmente ponía atención.
Fue hasta que estuvo en la parada del camión cuando se dio cuenta que no traía los audífonos dentro de sus oídos como acostumbraba cuando caminaba. Metió rápidamente sus manos dentro de los bolsillos del pantalón, sacó aquellas cuerdas de plástico y las aplicó dentro de sus oídos. Se comenzó a escuchar la cadencia de alguna canción de Lhasa de Sela.
El camión llegó haciendo ruido y echando humo. La ruta que tomaba estaba generalmente concurrida a esa hora de la mañana, y tuvo que esperar a que cerca de nueve mujeres subieran al camión. Una de ellas subió sin hacer fila, gesto al que algunas dentro de la fila respondieron con furia (los comentarios que dirigieron hacia la oportunista fueron incluso violentos), y otras mostraron indiferencia hacia lo acontecido.
Una vez dentro del camión, buscó algún lugar libre dónde sentarse, pero no encontró ninguno. Caminó hasta el fondo del camión dando espacio a las siguientes que subieron. La bolsa voluminosa le resultaba siempre un estorbo dentro del camión, y siempre se prometía poner menos libros, cosa que siempre olvidaba cada vez que salía de su casa por las mañanas. El camión llevaba cerca de diez minutos caminando, cuando una mujer de cerca de cincuenta años, que la había visto pararse a un costado de donde estaba sentada, le ofreció cargar su bolsa mientras la joven no consiguiera lugar. Fue un buen gesto, que de alguna forma le hizo prestar atención a lo que pasaba dentro del camión.
Observó, mientras luchaba por asirse de los barrotes del camión, a una mujer de alrededor de veinte años, sentada en uno de los asientos un poco más adelante, que miraba con enojo a la mujer que venía sentada a un lado de ella. La compañera de asiento era una mujer de cerca de cincuenta años, con el cabello corto, hombros anchos, vestida de color oscuro y que no tenía apariencia de hembra (como el resto de las que vivían en la ciudad). Por el comentario que la joven gritó al levantarse del asiento, la mujer mayor había intentado llegar a la entrepierna de la joven para acariciarla. ¿Cuántas veces había visto una situación parecida? El tema de la violencia sexual entre mujeres estaba de moda, se hablaba de ello en los noticieros, se hacían análisis sociológicos al respecto, había telenovelas en la programación regular. Pero al mismo tiempo, y haciendo uso de los mismos medios de comunicación, se hablaba de “la” ciudadana ejemplar, empoderada, que hacía uso de la inseminación artificial para “retribuir” a la sociedad, a través de la reproducción, parte de lo que le había dado, dedicada a sus hijas, y empeñada en darles la mejor educación, formarlas a su vez como ciudadanas responsables, útiles para la comunidad.
Lo que pasaba en realidad era una serie de interacciones sociales que resultaban de lo más diversas. Había colaboración genuina entre algunas mujeres, había intentos honestos por establecer vínculos de entendimiento entre aquellas que pensaban diferente; pero también había violencia entre ellas, violaciones, raptos e intentos por humillar a las mujeres menos empoderadas. No había, en pocas palabras, una sola forma de ser mujer en donde serlo era la única opción. En ese lugar nadie conocía la dualidad, no había negro y blanco, sino una serie de grises de las más diversas tonalidades. No había yin, tampoco yang, sino una multiplicidad de formas de aprehender la feminidad.
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