martes, 8 de febrero de 2011

El discurso del anciano

El hombre comenzó a hablar como si yo estuviera poniendo atención desde un principio. Había estado observando la fachada de la iglesia principal de ese pueblo perdido que por azares del destino había decidido visitar. El hombre me había llamado la atención cuando lo vi por que parecía cargar sobre sus hombros la edad misma del pueblo. Su apariencia era descuidada, el poco cabello que le quedaba era totalmente blanco, no había un sólo espacio de su piel que no estuviera surcado por arrugas, y el párpado izquierdo caía hasta la mitad de su ojo, lo que lo hacía parecer aún más viejo de lo que era. Estaba sentado sobre un pilar de media altura, su espalda estaba encorvada, y movía los labios de adentro hacia afuera sin realmente comenzar a hablar, sino más bien como una forma de dejar escapar los nervios acumulados en el siglo que el hombre cargaba sobre su espalda.

No observé que me miraba hasta que estuve cerca de la fachada de la iglesia, a unos tres metros de él, y que cuando me miraba dejaba de mover los labios, como si pusiera atención. Hice el ademán de entrar a la iglesia, pero al final me quedé fuera como si supiera de antemano que lo que me interesaba escuchar estaba fuera del edificio.

Me quedé parado cerca de cinco minutos tratando de capturar la imagen del lugar en un recuerdo, cuando el hombre comenzó a emitir sonidos. Serían seguramente palabras arrastradas por efecto de la dificultad del anciano para armar su boca y labios con solidez para pronunciar los sonidos correctamente. Luego de varios sonidos, alcancé a escuchar con claridad, que el hombre me decía: "Muchacho, escoge una palabra". La propuesta era poco común, y tengo que decir que dudé de quedarme. A pesar de ello, me acerqué al hombre y me senté en el siguiente pilar frente a la fachada de la iglesia, y de mi boca salió la palabra: "duda".

Lo que pasó enseguida fue inverosímil; si quisiera resumir lo acontecido, tendría que decir que dos existencias cuyas trayectorias no tenían el mínimo símil entre ellas, ni la menor necesidad una de la otra, se habían cruzado por razón desconocida. Dado que las existencias no debían encontrarse, ello creó un conflicto en la lógica del universo que provocaría en ambos (en el anciano y en mí), sin poder de manera alguna prevenir sus consecuencias, una crisis ontológica. El hombre habló desde lo más profundo de su alma y dijo que nadie es necesario en la vida de nadie, y que el destino es sólo una mala broma que inventaron para proteger los temores más profundos de los hombres; el anciano dijo que cada hombre vive una sola vez, y que toma de los que se encuentra en el camino aquello de lo que carece; dijo que el amor es de lo que más carecen los hombres, y que es posible que los hombres trafiquen con su propia dignidad, y que incluso estén dispuestos a vender y pisotear su propia integridad por una caricia. El hombre dijo que aquellos que carecen de tan escaso recurso pueden darlo todo y perderse a sí mismos (y enfáticamente dijo que la consecuencia era nítida: uno perdía consciencia de sí mismo). Dijo que así como la carencia más común era el amor, el temor más común y severo de los hombres era conocerse a sí mismos.

El hombre me había hipnotizado con su discurso, yo libaba de sus palabras como si fueran flores de polen vírgenes. Hasta ese momento me percaté de que el hombre parecía recuperar fuerza conforme expiaba su vida a través de las palabras con las que me alimentaba. En algún momento me tomó de los hombros con sus manos gruesas y callosas, posó en mí la mirada del océano, y dijo lo siguiente: "Toma del camino lo que necesites, toma una piedra si te hace falta un lugar dónde descansar, toma un bastón si te hace falta apoyo, pero patea las piedras que sólo estén haciendo más cansado tu caminar; ama si así lo deseas, pero bástate a ti mismo: no busques estrellas en el cielo ajeno, que cada quien tiene las suyas, y las ajenas siempre te parecerán insuficientes. Cuando te sientas derrumbar o te haga falta dirección, no mires al exterior, cierra tus ojos y observa por dentro, la mejor brújula es tu corazón. No te detengas más del tiempo necesario, no pisotees a otros si tu supervivencia no depende de ello, y aprende a dar espacio a aquellos que, igual que tú, estén buscando sus estrellas en cielos ajenos, diles que te bastas a ti mismo y que tus carencias no son tan urgentes como para obtener caricias a cambio de tu firmamento, porque necesitarás tus estrellas cuando te haga falta mirar una."

Pasé los siguientes tres días con una sensación que sólo puedo describir como borrachera, como si estuviera drogado con alguna sustancia cuyo efecto fuera el pasmo absoluto. No pude narrar la historia hasta años después de que sucedió. Supe que era lo único valioso que podía heredar a mis hijos. Supe que era lo único que podía dar a aquellos a los que encontrara. Sirva este texto como testimonio al lector de que esto fue lo que el anciano dijo en trance, y que no era a mí a quién lo decía, sino al universo entero que era incapaz de escuchar por todos... tuvo que elegir a alguien incauto, y ese día fui yo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario