jueves, 27 de enero de 2011

Espejos

Cuando despertó sintió fuertes pulsadas en el cuello y la espalda, no sabía cuánto tiempo habría pasado dormida en esa posición. Se encontró acostada de lado sobre el suelo, con las piernas recogidas sobre su cuerpo y los brazos extendidos a medias. Percibía un fuerte olor a alcohol y sentía su boca como si no la hubiera lavado en más de un día, su cabeza le explotaba. Sentía como si la hubieran golpeado. La luz del lugar le incomodó cuando abrió los ojos, era una luz blanca e intensa que le hizo sentir que estaba bajo un microscopio. Se incorporó y quedó apoyada sobre su brazo derecho, todavía con los ojos cerrados. Se talló la cara con la mano izquierda, notó que su mano olía mal, como si hubiera estado tocando algún objeto sucio.

Cuando pudo abrir los ojos, intentó reconocer el lugar. No había nadie (curioso que lo primero que hubiera notado era la ausencia de personas, dado que mostraba tanta indiferencia cuando estaba en público). Escuchaba un intenso sonido agudo que parecía venir de los bulbos de las lámparas del techo. Se concentró en el sonido durante algunos segundos, lo que provocó que el dolor en la cabeza se intensificara. Las paredes y el mosaico del lugar eran blancos, lo que hacía el lugar insoportable visualmente, las paredes y el suelo reflejaban la blancura y el brillo de la luz. Desde donde estaba veía una hilera de puertas que se abrían a lo largo de dos de las paredes del lugar, por debajo de las puertas alcanzó a notar las curvilíneas figuras de varios retretes que seguían la misma disposición de las puertas. Pensó que el lugar era muy grande en comparación con los baños que recordaba haber visto antes, al menos veía treinta puertas a cada una de las cuales correspondía un retrete, pensó que así sería cagar en la era industrial: en serie.

No recordaba por qué había llegado allí, tampoco por qué razón se había quedado dormida, o en qué situación se encontraba antes de llegar al baño. Por el fuerte olor a alcohol y a podredumbre que percibía en su boca, suponía que había estado tomando (¿en alguna fiesta? ¿sola? ¿en un bar? ¿en su casa o en la de alguien más?). La razón de cómo o por qué había llegado allí, la desconocía. Trató de ponerse en pie para darse cuenta que las pulsadas del cuello y espalda se extendían por todo su cuerpo. El movimiento hizo que el dolor de la cabeza aumentara, la presionó contra sus manos, como si eso pudiera detener el dolor. Dirigió sus manos hacia su cadera y las apoyó sobre los costados, volvió su cara hacia el suelo con los ojos apretados, tratando de hacer una evaluación general sobre dónde estaba el dolor y cuál sería su origen. Además del cuerpo, sentía dolor en la cara. En ese momento notó que sobre el piso, donde había estado su cara, había algunas manchas de sangre secas (¿cuánto tiempo había pasado como para la sangre se hubiera secado?). No pudo ubicar el origen del dolor que sentía, decidió tratar de olvidarlo.

Observó a su alrededor. Además de las puertas y los retretes (ahora sólo podía ver aquéllos donde la puerta estaba totalmente abierta), había una hilera de lavabos blancos, por encima de cada uno volaba un espejo. El que los espejos “volaran” era sólo una forma de decirlo, estaban empotrados en el techo, sin embargo le gustó la idea de los espejos volando sin ninguna clase de sostén más que su propia voluntad de quedarse encima de un lavabo.

Trató de ubicar su imagen en la hilera de espejos. Volteó su mirada hacia el espejo que quedaba justo frente a ella, y lo único que vio fue el suelo. Tardó cerca de diez minutos para darse cuenta que lo que veía era el suelo del otro lado de la hilera de lavabos-espejos. Los lavabos no estaban uno junto al otro, estaban separados uno del otro aproximadamente la misma distancia que medía un lavabo de ancho, de tal forma que la hilera de lavabos era en realidad una hilera de lavabos y espacios vacíos. Había un espejo de treinta por cincuenta centímetros encima de cada lavabo, lo que dejaba suficiente espacio entre ellos para que uno viera hacia el otro lado de la hilera de lavabos-espejos. Sin embargo, el hecho de que todo el lugar era blanco y que los espejos no tuvieran marco, daba la impresión de que entre los lavabos hubiera otro espejo que reflejaba la pared y mosaico blancos que uno estaba pisando. Buscaba su imagen en un espacio vacío que le dejaba ver el mosaico del otro lado de la hilera.

Perdió interés por su propia imagen, entró a uno de los baños, cerró la puerta (uno no puede evitar ciertos hábitos), desabrochó su pantalón, lo bajó sobre sus piernas, bajó el resto de su ropa y se sentó sobre el retrete. Estuvo varios minutos sentada. Volvió a vestirse y salió. Quiso revisar su cara. Caminó siguiendo la hilera de lavabos-espejos y se detuvo a la mitad. Volvió sobre sus pasos caminando de espalda. Observar cómo su imagen se reflejaba en los espejos y luego se perdía, luego volvía a aparecer en el siguiente espejo, para desaparecer nuevamente, llamó mucho su atención. Era como verse en fragmentos (como cuando Artemio Cruz se vio reflejado en la bolsa de su mujer). Volvió a caminar viendo cómo su imagen aparecía y desaparecía al ritmo de sus pasos, más rápido caminaba, más rápido aparecía su imagen ante sus ojos. Finalmente se detuvo frente a uno de los espejos y contempló su rostro. Vio ojeras, la piel maltratada, la cara sucia, y una herida abierta en su labio inferior. No le llamó eso la atención, lo que le atrajo fue su mirada, se vio a sí misma triste y abatida, pero notó en su expresión algo más, era una mirada como de una persona perdida que busca ayuda. Por alguna razón, vino a su mente el recuerdo de cuando se encontraba en la isla deshabitada en la mitad del océano, o el recuerdo de cuando se encontraba en el desierto en medio de la nada, y sin conocimiento de algún pueblo cercano. Nunca había estado realmente en isla deshabitada alguna o en medio del desierto, sin embargo, eran las dos imágenes con las que asociaba la desolación, lo que queda después de la destrucción. Recordó que cuando era adolescente le atraía la idea de la destrucción, y creía que después de ella venía la tranquilidad, la calma. Entonces sonreía, pensaba que eso era la paz eterna. Creía que la destrucción era la extinción total, el fin de la conciencia del sujeto sobre su condición humana. Ahora eso le parecía una ingenua ilusión. La terrible realidad es que luego de la destrucción queda la desolación, el sujeto se encuentra a sí mismo con la capacidad de destruir a sus semejantes e incluso a sí mismo, pero no con la capacidad de salvarse de su propia existencia. El sujeto conoce el poco amor y respeto que siente por su condición humana al enterarse que puede lastimarse al punto de convertirse en ruinas, pero no hacerse desaparecer. Lo que le queda al sujeto es la decepción y la lástima, las ruinas y el hedor a muerte y a podredumbre.

Salió de sus propios pensamientos y trató de buscar su imagen nuevamente en el espejo para tratar se asirse a la intensidad del dolor que era su único vínculo con su existencia. Lo único que vio fue el mosaico blanco que ella pisaba, estaba segura que estaba frente a un espejo, nunca pudo recuperar su imagen.

sábado, 1 de enero de 2011

Manifiesto contra el abandono materno

Te siento renacer en cada persona que conozco... eres como el ser universal que existe en el resto de universo que queda en mí. Te busco en cada mujer que conozco, y en la sensibilidad masculina que encuentro. No quiero dormir porque temo perderte en esta vorágine de recuerdos, de caras, de tristezas y de lágrimas. Todo junto como si la humanidad entera viviera en mi insomnio y en mis pocas ganas de dejarlo todo para poder descansar al menos unas horas.

Tengo miedo de perderte... como si las ganas que siento de llorar pudieran compensar la ausencia de tus palabras y de tu voz. Te necesito como me necesito a mí a media noche. Ojalá pudiera ser tú y yo al mismo tiempo, para sentir al menos que esta agua que sale de mis ojos es una experiencia real y no sólo un sueño.

Quiero descansar; encontrar finalmente un lugar dónde quedarme para recordar todas las veces que me (te) perdí sin sentirlo. Quiero encontrar un lugar dónde poder enterrar estas lágrimas. Te extraño en cada paso que doy, en cada decisión que tomo; tu ausencia determina los momentos en los que siento miedo.

Ojalá hubiera alguna forma verbal para poder expresar que tu ausencia es eterna, que estaba/está/estará presente.

martes, 7 de diciembre de 2010

Primavera

Para Karla, con cariño.

No había pasado mucho tiempo que habían dejado de verse. Era doloroso verlo en retrospectiva, a pesar de que sabía que haber terminado era lo mejor para ella (y suponía que también para él), admitía que sí hubo momentos agradables, momentos en los que ambos habían reído sinceramente para luego bajar la mirada, enseguida levantarla y quedar frente al horizonte. Sin embargo, sabía muy bien por qué la relación había terminado: él nunca la había apasionado. Tardó talvez dos o tres meses en darse cuenta, pero finalmente supo que estaba buscando otra cosa.

Esa búsqueda siempre había resultado pesada, y por alguna razón, siempre la había remitido a algún día de primavera hacía unos cuantos años, cuando se acercaba a la veintena. Talvez la búsqueda era lurda porque había cargado también con lo ocurrido aquel día. Cuando recordaba ese momento volteaba a ver a su hermana, se aferraba a su mano, y no la soltaba hasta sentirse nuevamente en una pieza; afortunadamente su hermana siempre había sido paciente y constante, su mano siempre estaría cada vez que la primavera volviera.

Las primaveras no siempre fueron así. Recordaba que antes era la mejor época del año. Cada vez que regresaba de la escuela, dejaba su mochila en la casa, saludaba a su madre y luego de comer, jugar y pelearse con su hermana, salía en su bicicleta a un parque cercano, se bajaba de ella para recargarla en algún árbol que encontraba, y se sentaba a disfrutar del viento, del sol y de los sonidos que llegaban de todas partes, un niño llorando, la tortillería que seguía vendiendo tarde, un grupo de niños riéndose, el paso de los autos. Un día, esa época del año había dejado de significar alegría para convertirse en otra cosa… pero hacía falta sacudirse la inercia, pensar en el horizonte y olvidarse un poco de la montaña que había dejado atrás; hacía falta hacerse los ánimos por las mañanas.

No era primavera cuando había terminado la relación con su antiguo amigo, era más bien mediados del otoño; y fue casi acabando la estación cuando conoció a Guadalupe. Al principio no la había notado, iba al trabajo de su hermana a comprar algún dulce o rentar una película, y la encontraba en la tienda trabajando. Poco tiempo después, cruzaron alguna palabra, Guadalupe se acercaba cuando buscaba alguna película y le preguntaba por ejemplo, si buscaba algún título en particular. En otras ocasiones, Guadalupe encontraba la forma de hablar con ella de alguna tontería, molestaba a la hermana, o comentaba sobre la gente que entraba y salía del centro comercial o de los puestos que vendían productos de diciembre; su hermana comentaba en ocasiones sobre ella en la casa. Fue notándola de a poco.

Una vez, su hermana había invitado a Guadalupe a cenar a la casa, Viri siempre había sido muy amistosa con la gente y no le sorprendía que llegara acompañada de nuevas personas. Luego de cenar pizza, se quedaron en la sala a jugar algo en video (siempre le habían gustado los video juegos). Guadalupe no era muy buena y ambas, su hermana y ella, se burlaron varias veces. Guadalupe era agradable, además tenía una forma de mirar que hacía que uno prestara atención en ella, tenía una forma de ser tranquila, mostraba curiosidad, pero también mucho cuidado para no dejarse ir.

Con el paso del tiempo, fueron conociéndose, y ella comenzó a sentir aprecio auténtico por esa chica de aspecto infantil y de mirada profunda. Sus conversaciones se volvieron más largas y personales, hablaban de sus experiencias pasadas y de las reacciones emocionales que habían tenido. Una vez, Guadalupe le contó sobre su abuela, le dijo que fue la primera mujer de la que se enamoró en su vida; le contó que su padre la golpeaba cuando niña y que esa fue la razón por la que dejó la casa de su abuela para buscar vida por sí misma. A ella le sorprendía cómo los golpes del padre no habían mermado las ilusiones de la chica, y cómo no habían tampoco impedido que Guadalupe fuera amable con los demás, el monstruo no había logrado destruir a la niña; pero sobre todo admiraba cómo el espíritu de Guadalupe no había enflaquecido, admiraba la tremenda fortaleza que esa niña había conservado para sí.

No recordaba bien cómo se había dado el viaje a Puebla. Quizá de algún comentario que Viri y ella hicieron al respecto (su madre había sido de allá), y por alguna razón que tampoco recordaba, Viri no pudo ir; así que ambas empacaron algunas cosas y se fueron juntas. Se detuvieron en cada iglesia de la ciudad, tomaron muchas fotos, comieron helado hasta saciarse y, claro está, hablaron mucho. Fue allí cuando se enamoró de Guadalupe, se enamoró de su risa, del optimismo que tenía frente a su vida, de esa mirada profunda y del tono grave de su voz, se enamoró de su simpatía y de cómo le seguía el juego cuando ella decía alguna tontería… había encontrado lo que buscaba.

La relación tenía sus altibajos, Guadalupe y ella discutían de vez en cuando, pero el vínculo que habían establecido desde aquel viaje les ayudaba a lidiar con los desacuerdos y las discusiones que surgían. Además estaba Viri, el angelito con el que había crecido; sabía que ambas se tenían una a la otra para sostenerse de la mano cada vez que hiciera falta.

Las primaveras comenzaban a recuperar el sentido que antes tenían.

martes, 30 de noviembre de 2010

Tu imagen

Fui reconstruyendo tu imagen a partir de su mirada. Fue como conocerte a partir de sus palabras, de sus historias, a partir de los fantasmas que lo persiguen, esos que cuelga de pasada a los que se quedan con él, para hacerse más ligera la carga, para hacerse el camino más llevadero.


Fui conociéndote como a una hermana al mismo tiempo que como mi reflejo, como las dos Fridas, una de blanco, la otra de azul, unidas por un lazo de sangre... imagen que duele, que hace girar la mirada hacia otro lado.

Fui conociendo tu conversación a partir de los silencios que dejaste en su plática, en los temas que no tocó, en los juicios que no hizo, en las suposiciones que me puso encima sobre temas que no conocía de mí.

Fue como aprender materia en la oscuridad, como caminar a tientas, tocándolo todo hasta que poco a poco tomaste forma. Fue como conocer a dos personas a través de una. Lo reconocí a él en la superficie, te reconocí a ti en los surcos, en las frases sin terminar, en las preguntas sin hacer, en los comentarios sin motivación aparente. Fue tu ausencia una presencia constante.

Enseguida el camino, que no es otro más que tú, se bifurca: si era tu ausencia presencia constante, fue así por la fuerza del lazo que lo ha unido a ti, vínculo al que se ha asido con fuerza, esperanza que no ha soltado, ave que ha encerrado para su contemplación egoísta.

La otra parte del camino es más sutil, menos nítida. Fuiste como el Homero de Borges, múltiple: no fuiste hermana, sino hermanas. No hubo una sola, sino varias, talvez todas. Juntas, reflejadas en la misma mirada, en los mismos silencios y en la misma conversación; me vi en el espejo de sus palabras reflejada infinitamente hacia el pasado, ese pasado que lo incluye todo, que incluye a todos Ellos en los que Ellas se vieron reflejadas multiplicadas.

Post scriptum.

Yo también he encerrado aves para mi contemplación egoísta. También tengo fantasmas de presencia constante, sin embargo para mí no son nuevos, de tanto seguirme se han vuelto inofensivos. Él también los fue conociendo en los espacios que dejé en blanco y en los lugares a los que no me aventuré. Fuimos cargando ambos con los muertos del otro, ahora que acaba, lo entiendo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Tercera Entrega

Pensó en dejar de tallar mientras sentía arder la piel de sus dedos, ¿a qué hora dejó que sus dedos tallaran en vez del trapo?, no lo sabía. Era poco común que cavilando como lo hacía en ese momento, perdiera la noción sobre la realidad. Era una de las consecuencias de estar a la mitad del abismo: una vez que el universo se precipita sobre sí mismo, la realidad pierde sus límites, todo se vuelve posible, las explicaciones más exageradas son exactamente las que dan en el clavo sobre lo que sucede en torno; el universo pierde su ordenamiento anterior, todo se vicia y uno empieza a actuar diferente. Volvió a posar su mirada sobre la mancha, ahora le parecía una mariposa y el color también le parecía diferente, había pasado de naranja intenso a un rosa pálido, incluso creía que el color era agradable a la vista.


Recordó nuevamente la mujer de rojo frente a ella unos metros antes de llegar al sitio donde siempre regresaba, volvió a recordar cómo la mujer miraba hacia el río y cómo su pelo se movía al ritmo del viento que ella sentía recorrer por su rostro. Volvió a ver a la mujer voltear lentamente y dirigirle su mirada sin mostrar, le parecía, emoción alguna. Esta vez, teniendo otra vez la escena frente a ella, sintió un escalofrío recorrer su espalda y sintió desconcierto... ¿había sentido eso mismo cuando tenía de frente a la mujer? No estaba segura, pero en ese momento le parecía que sí, que la razón por la que había reflexionado en la mirada de la mujer durante el camino de regreso, debía haber sido por la consecuencia emocional que en ella había provocado. El desconcierto que sentía en ese momento estaba íntimamente ligado a descubrir el vínculo que existía entre ella y la mujer, sintió la mirada continua de la mujer sobre sus pasos y su espalda desde aquella torre detrás de la ventana, con un cigarrillo entre los dedos. Se sintió vista (quiso decir desnuda), se sintió traicionada por haber sido partícipe de un juego del que no sabía absolutamente nada, traicionada de formar parte de la cotidianidad de otra persona de la que no sabía ni siquiera el nombre, se sintió tomada, en espíritu, en recuerdo, se sintió alienada al saberse pensada en los silencios que a la mujer se le atravesaban de camino a visitar a sus amigos, mientras la mujer-estatua esperaba a que la pasaran a la oficina, esperando parada en la fila del banco o justo antes de reconocer a una amiga en un lugar concurrido. Sintió rabia enseguida, ¿Cómo se atrevía esa mujer insolente a incluirla de esa manera en algo en lo que ella no quería ser incluida? ¿A qué hora la libertad, su libertad de caminar libremente por donde le placía (y de regresar si quería) se había convertido en pretexto para que otros la alienaran de esa forma? Se vio a sí misma con la mirada de desconcierto de frente a la mujer-estatua regresando sobre sus pasos, quiso encarar a la mujer y correrla del lugar, decirle que se fuera, que su presencia era claramente ajena al río, que su presencia pertenecía a otro lugar y a otro momento; que no quería ser la respuesta a lo que rumiaba desde lo alto detrás de su ventana. Sus manos estaban empuñadas, una de ellas apretaba con fuerza el trapo con el que hasta hace unos momentos limpiaba la tela del sillón; su expresión había mutado a ser la de un animal salvaje enjaulado por meses. Se incorporó de un saltó y de improviso lanzó sus dedos sobre la tela del sillón, frágil de la fricción ejercida. La fuerza del impulso hizo entrar sus uñas y dedos a través de la tela. Sus dedos entraron y salieron varias veces del mueble deformando la mariposa en diversas piezas con formas a las que a nadie le importaba encontrar semejanzas. La tela del sillón quedó abierta como si hubiera sido herida, y dejó salir la esponja que había debajo. La mariposa había desaparecido, sin embargo, la mancha se negaba a desaparecer. Abatida, volvió a sentarse sobre el piso, todavía algunos de sus dedos hacían camino a través de la superficie del sillón. Sentada, su cuerpo comenzó a sufrir una convulsión, espasmos iban y venían de su cuerpo, ascendía de los infiernos. La convulsión duró pocos minutos, el ascenso del abismo fue brutal pero el camino fue corto. El universo acababa de recuperar la estabilidad. Posó su cabeza sobre la herida del sillón.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Segunda Entrega

Si bien la idea le pareció exagerada, enseguida pensó que no podía haber otra explicación. No había visitante habitual más que ella, no había visto a nadie más en el recorrido que había hecho ese día, y la mujer estaba parada justo al final del camino que ella había recorrido durante los últimos dos meses. Seguramente la mujer la había visto antes en el lugar, talvez la observaba algunos días (ahora los papeles se invertían, el cazador se convertía en la presa), y después de haberla observado varios días, decidió bajar y encontrarla de frente. "No hay duda de que es así", pensó.


Esa idea planteaba algunos problemas, sin embargo. El problema más obvio era, claro está, la razón de observarla, y más importante talvez, la razón por la que la mujer hubiera bajado al río para dejarse ser vista por ella. La primera parte no era tan difícil de responder, ¿por qué se queda uno mirando a un desconocido en la calle? ¿por qué se queda uno mirando de frente un edificio o casa o animal cuando nunca lo ha visto antes en su vida? "Por curiosidad, ¿por qué más?", respondió a sus preguntas. Para apreciar algún detalle, algún aspecto del objeto observado, porque la nariz tiene una curvatura nunca antes observada en otra persona, porque la forma de los ojos es hermosa, porque la mano es tan grande que podría muy bien cubrir el propio vientre, porque las baldosas son simétricas, porque la textura del material es llamativa, porque el jardín anima a contemplarlo, porque el animal tiene ojos tan tristes que parecen de anciano. La mujer talvez vivía cerca, talvez conocía a alguien en el vecindario, y alguna vez la había visto por primera ocasión, luego talvez la había olvidado; pero a fuerza de verla cada cierto tiempo, a causa del hábito y la costumbre, se había percatado de su presencia, talvez incluso le había dado un nombre (una definición), "la muchacha del río", "la joven solitaria", "la que viene los martes, jueves y sábados... además del domingo", "la de la expresión nostálgica", u algún otro del estilo. Es decir, la razón de por qué la mujer la había observado en un principio era incidental, era claramente irrelevante. Sin embargo, la segunda parte era mucho más compleja: "¿Por qué la mujer había decidido bajar al río para dejarse ver por mí?", se preguntó. "¿Cómo se formó en su mente la idea de que tenía que ser vista por mí? ¿Con qué objeto?". Esas preguntas requerían una explicación más intrincada. Se imaginaba por ejemplo que la mujer se encontraba viendo a través de la ventana de su casa (o de la ventana de la casa del conocido domiciliado en el vecindario), talvez en ese momento la mujer resolvía algún problema importante de su vida, o talvez simplemente disfrutaba de la vista hacia el río. Talvez fumaba, y cuando no lo hacía, cruzaba los brazos frente a su pecho mirando hacia el río. Talvez meditando sobre su vida y sobre la filosofía, había cruzado por su mirada distraída (abandonada casi totalmente a sus pensamientos) la figura de una persona que se movía allá a lo lejos; una figura que caminaba y luego se detenía a un lado del río, y pasados unos minutos, volvía sobre sus pasos con la misma lentitud con la que había llegado (lentitud que no le venía de lerda, sino de su naturaleza contemplativa). Se imaginaba que la mujer, días después, mirando hacia el mismo lugar, rumiando el mismo pensamiento, la misma impresión o el mismo problema, había notado una figura que creía haber visto, la figura de una persona que se movía allá a lo lejos, cerca del río... de repente un recuerdo vago surgía de su inconsciente para encontrar espacio lentamente en su consciente; esa figura que ahora veía con más atención se disolvía lentamente (casi imperceptiblemente) con aquella otra figura anterior, una figura similar que había dejado registro en su mente, que se había escondido en algún lugar fuera del conocimiento diario de bañarse y levantarse la falda para ir al baño; y que ahora surgía poco a poco para unirse con lo que la mujer veía en ese momento. Las palabras surgirían, "Había visto esa figura antes", habría dicho la mujer. La figura se habría detenido en un lugar cercano a dónde se había detenido días antes, y luego de unos minutos, habría ido de regreso. Días después hubiera ocurrido algo similar, acompañando la escena un cigarrillo que se desvanecía sin ser fumado entre los dedos de la mujer. El hábito y la costumbre de la mujer frente a esa ventaba viendo hacia el río, y el movimiento de aquella lenta figura que llegaba, se detenía y pasados unos minutos volvía sobre sus pasos, habrían obligado a la mujer a notar las diferencias y los detalles; la habrían obligado a notar que la figura no siempre iba con la misma lentitud, que en ocasiones iba más apresurada, se podría decir que la figura caminaba con enojo por ejemplo; la mujer se habría visto obligada a notar la expresión de la figura, una expresión que parecía nostálgica, lejana, como si estuviera unida a algo que no estaba allí (a algo que ya no estaba allí); habría notado la diferencia en la vestimenta, en la curvatura de la espalda (unas veces más abatida que otras), habría notado que algunos días su cabeza se mostraba más altiva, que en otras parecía que se lamentaba, otras que hablaba. De a poco, el problema, impresión o pensamiento que rumiaba durante esas sesiones frente a la ventana con o sin cigarrillo entre los dedos, se volvía menos importante; aquella figura que mutaba se iba introduciendo a su cotidianidad con la misma lentitud con la que se movía; se le aparecía en su pensamiento cuando comía crema o cuando tomaba café por las mañanas, o se le aparecía en su mente justo antes de reconocer a una amiga en un lugar concurrido; el recuerdo de aquella figura femenina se fue apareciendo sin ser llamada, ni esperada (como aquella otra visita inesperada y sorpresiva), se fue haciendo parte de los momentos a solas cuando esperaba a que la pasaran a la oficina, o cuando esperaba en la fila del banco, y de los silencios que se atravesaban de camino a visitar a los amigos. Y en esas sesiones de frente a la ventana con la mirada hacia el río, la figura iba mutando en el pensamiento que rumiaba; una y otro iban pasando de nítido a borroso como imagen tomada con lente limitado: la figura y el pensamiento rumiado formaban parte de la misma escena (de la misma imagen), sin embargo iban cambiando de foco en la medida en que la mujer se concentraba en uno u en la otra, mayor foco a mayor concentración sobre el uno, mientras que la otra se hacía el fondo de la imagen; luego se invertía el foco si la mujer se concentraba sobre la figura, dejando al pensamiento como el fondo. La mujer pensaría que la figura que se había introducido tan sutilmente a sus meditaciones era de hecho la respuesta al pensamiento rumiado con tanta insistencia. La figura había comenzado como un elemento externo, sin embargo, aparecía cada vez que rumiaba el pensamiento... mientras más rumiaba, más frecuentemente aparecía la figura, ergo, la figura debía ser la respuesta al pensamiento. Lo que seguía era fácil de definir, una vez que el objeto que satisfacería el deseo fue identificado, lo que seguía era poseerlo. "Es tan claro todo, que duele", pensó ella. Lo que dolía era la fricción sobre sus dedos. Sin darse cuenta, el trapo se había movido de lugar de tal forma que eran sus dedos los que frotaban directamente sobre la tela manchada del sillón. Había frotado con insistencia que la piel superficial de los dedos se había desprendido, y ardía. Sí, esto también es nítido y claro, esto también duele.