Los senos (o glándulas mamarias, para los cuidadosos de las fórmulas sociales) de la mujer a quien observo se mueven al ritmo del movimiento del camión que tomé hace ya una media hora. El movimiento de los senos de la mujer que, vale la pena la aclaración, me permito ver no debido al gusto erótico por los mismos, sino debido simplemente a que no hay nadie viéndome a mí verla a ella, el movimiento entonces de los senos de la mujer me hace pensar en diversas cosas que responden a una feliz variedad de temas. El movimiento arriba-abajo-arriba-abajo, y a veces, arriba-izquierda-abajo-derecha, de las mamas de la dama sentada a unos asientos de mí, me hace recordar aquellas ocasiones en las que yo misma sentada en un lugar igualmente inquieto, saltaba cuando tomaba el transporte público de la escuela secundaria a la que asistía de regreso a mi casa. Y recuerdo en ese momento, que ese movimiento de arriba-abajo-izquierda-derecha me provocaba más bien risa que molestia, porque en ocasiones iba acompañada, y el movimiento también modificaba el ritmo de mi conversación con mi compañera: en-tons-esy-o-lede-cía-queno-lehi-cier-a-caso-has-taqu-eno-ha-blara-bie-ncon-mi-go (arriba-abajo-izquierda-derecha), y uno hacía como si no hubiera diferencia en el ritmo de la conversación, lo cual sólo convertía la situación en una más hilarante.
El curioso movimiento de las mamas de la dama a quien veo, no obstante, me hace pensar con mayor detenimiento en un fenómeno (he de llamarlo así), que definiré como conversión de los cuerpos. Digamos por ejemplo, que soy yo una buscadora de lo estético per se y que al visitar el mercado, me detengo frente al puesto de mangos, que observo como unas bellas piezas de un llamativo color amarillo (aunque la piel de la fruta tiene sus detalles, algunos destellos verdes, algunas piezas con mayor intensidad de color, etc.), son los mangos, observados por mí de esa forma, objetos de arte, sin mayor esfuerzo que solamente haber sido colocados en orden por el tendero y cuyo logro magnífico de la apariencia debe solamente al efecto del sol, la tierra y el agua. Los mangos son entonces piezas estéticas que bien pudieran estar al lado de La Pietà, por ejemplo. Sin embargo, mi sentido de supervivencia provoca en mi conducta la decisión de acercarme al tendero y pedirle que me ponga en bolsa un par de aquellas piezas a módico precio, y entonces ingerirlas luego de haber llevado la bolsa hasta mi casa. Los objetos de arte se convirtieron (sin que pasara demasiado entre ambos momentos) de ser un acto estético a servir como un instrumento para mi preservación biológica, es decir, los mangos eran (así, sin limón ni sal) para luego ser el medio de. El mango sufrió una transformación que si bien no fue de materia, fue en ésta donde se pudo observar la consecuencia de tal conversión.
Yo soy aquellos mangos también. Tú me observas como yo observaba los mangos en aquél primer momento en que los definía como objetos de arte. Yo triangulo ese deseo de encontrar lo estético per se al definir el bello movimiento de las mamas de la dama sentada a unos asientos del mío al ritmo del transporte público por el medio de una calle sin nombre dentro de la ciudad; sin embargo, convierto irrespetuosamente el cuerpo de la mujer en un instrumento para mi deleite memorioso de la secundaria, y al mismo tiempo (por que mi cerebro me permite, ¡oh! pensar en concatenación) me sirve como medio a través del cual recuerdo tu mirada de espectador de museo que algún día me asignaste.
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